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presentes, a los hermanos sacerdotes, a los
relatores del congreso, y a todos vosotros, que
habéis venido de diversos países.
Saludo en particular al arzobispo Elio Sgreccia,
presidente de la Academia pontificia para la
vida, al que agradezco las amables palabras que
me ha dirigido, así como el trabajo que lleva a
cabo, junto con el vicepresidente, el canciller
y los miembros del consejo directivo, para
realizar las delicadas y vastas tareas de la
Academia pontificia.
El tema que habéis propuesto a la atención de
los participantes, y por tanto también de la
comunidad eclesial y de la opinión pública, es
de gran importancia, pues la conciencia
cristiana tiene necesidad interna de alimentarse
y fortalecerse con las múltiples y profundas
motivaciones que militan en favor del derecho a
la vida. Es un derecho que debe ser reconocido
por todos, porque es el derecho fundamental con
respecto a los demás derechos humanos. Lo afirma
con fuerza la encíclica Evangelium vitae: "Todo
hombre abierto sinceramente a la verdad y al
bien, aun entre dificultades e incertidumbres,
con la luz de la razón y no sin el influjo
secreto de la gracia, puede llegar a descubrir
en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm
2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana
desde su inicio hasta su término, y afirmar el
derecho de cada ser humano a ver respetado
totalmente este bien primario suyo. En el
reconocimiento de este derecho se fundamenta la
convivencia humana y la misma comunidad
política" (n. 2).
La misma encíclica recuerda que "los creyentes
en Cristo deben, de modo particular, defender y
promover este derecho, conscientes de la
maravillosa verdad recordada por el concilio
Vaticano II: "El Hijo de Dios, con su
encarnación, se ha unido, en cierto modo, con
todo hombre" (Gaudium et spes, 22). En efecto,
en este acontecimiento salvífico se revela a la
humanidad no sólo el amor infinito de Dios, que
"tanto amó al mundo que dio a su Hijo único" (Jn
3, 16), sino también el valor incomparable de
cada persona humana" (ib.).
Por eso, el cristiano está continuamente llamado
a movilizarse para afrontar los múltiples
ataques a que está expuesto el derecho a la
vida. Sabe que en eso puede contar con
motivaciones que tienen raíces profundas en la
ley natural y que por consiguiente pueden ser
compartidas por todas las personas de recta
conciencia.
Desde esta perspectiva, sobre todo después de la
publicación de la encíclica Evangelium vitae, se
ha hecho mucho para que los contenidos de esas
motivaciones pudieran ser mejor conocidos en la
comunidad cristiana y en la sociedad civil, pero
hay que admitir que los ataques contra el
derecho a la vida en todo el mundo se han
extendido y multiplicado, asumiendo nuevas
formas.
Son cada vez más fuertes las presiones para la
legalización del aborto en los países de América
Latina y en los países en vías de desarrollo,
también recurriendo a la liberalización de las
nuevas formas de aborto químico bajo el pretexto
de la salud reproductiva: se incrementan las
políticas del control demográfico, a pesar de
que ya se las reconoce como perniciosas incluso
en el ámbito económico y social.
Al mismo tiempo, en los países más desarrollados
aumenta el interés por la investigación
biotecnológica más refinada, para instaurar
métodos sutiles y extendidos de eugenesia hasta
la búsqueda obsesiva del "hijo perfecto", con la
difusión de la procreación artificial y de
diversas formas de diagnóstico encaminadas a
garantizar su selección. Una nueva ola de
eugenesia discriminatoria consigue consensos en
nombre del presunto bienestar de los individuos
y, especialmente en los países de mayor
bienestar económico, se promueven leyes para
legalizar la eutanasia.
Todo esto acontece mientras, en otra vertiente,
se multiplican los impulsos para legalizar
convivencias alternativas al matrimonio y
cerradas a la procreación natural. En estas
situaciones la conciencia, a veces arrollada por
los medios de presión colectiva, no demuestra
suficiente vigilancia sobre la gravedad de los
problemas que están en juego, y el poder de los
más fuertes debilita y parece paralizar incluso
a las personas de buena voluntad.
Por esto, resulta aún más necesario apelar a la
conciencia y, en particular, a la conciencia
cristiana. Como dice el Catecismo de la Iglesia
católica, "la conciencia moral es un juicio de
la razón por el que la persona humana reconoce
la calidad moral de un acto concreto que piensa
hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que
dice y hace, el hombre está obligado a seguir
fielmente lo que sabe que es justo y recto" (n.
1778).
Esta definición pone de manifiesto que la
conciencia moral, para poder guiar rectamente la
conducta humana, ante todo debe basarse en el
sólido fundamento de la verdad, es decir, debe
estar iluminada para reconocer el verdadero
valor de las acciones y la consistencia de los
criterios de valoración, de forma que sepa
distinguir el bien del mal, incluso donde el
ambiente social, el pluralismo cultural y los
intereses superpuestos no ayuden a ello.
La formación de una conciencia verdadera, por
estar fundada en la verdad, y recta, por estar
decidida a seguir sus dictámenes, sin
contradicciones, sin traiciones y sin
componendas, es hoy una empresa difícil y
delicada, pero imprescindible. Y es una empresa,
por desgracia, obstaculizada por diversos
factores. Ante todo, en la actual fase de la
secularización llamada post-moderna y marcada
por formas discutibles de tolerancia, no sólo
aumenta el rechazo de la tradición cristiana,
sino que se desconfía incluso de la capacidad de
la razón para percibir la verdad, y a las
personas se las aleja del gusto de la reflexión.
Según algunos, incluso la conciencia individual,
para ser libre, debería renunciar tanto a las
referencias a las tradiciones como a las que se
fundamentan en la razón. De esta forma la
conciencia, que es acto de la razón orientado a
la verdad de las cosas, deja de ser luz y se
convierte en un simple telón de fondo sobre el
que la sociedad de los medios de comunicación
lanza las imágenes y los impulsos más
contradictorios.
Es preciso volver a educar en el deseo del
conocimiento de la verdad auténtica, en la
defensa de la propia libertad de elección ante
los comportamientos de masa y ante las
seducciones de la propaganda, para alimentar la
pasión de la belleza moral y de la claridad de
la conciencia. Esta delicada tarea corresponde a
los padres de familia y a los educadores que los
apoyan; y también es una tarea de la comunidad
cristiana con respecto a sus fieles.
Por lo que atañe a la conciencia cristiana, a su
crecimiento y a su alimento, no podemos
contentarnos con un fugaz contacto con las
principales verdades de fe en la infancia; es
necesario también un camino que acompañe las
diversas etapas de la vida, abriendo la mente y
el corazón a acoger los deberes fundamentales en
los que se basa la existencia tanto del
individuo como de la comunidad.
Sólo así será posible ayudar a los jóvenes a
comprender los valores de la vida, del amor, del
matrimonio y de la familia. Sólo así se podrá
hacer que aprecien la belleza y la santidad del
amor, la alegría y la responsabilidad de ser
padres y colaboradores de Dios para dar la vida.
Si falta una formación continua y cualificada,
resulta aún más problemática la capacidad de
juicio en los problemas planteados por la
biomedicina en materia de sexualidad, de vida
naciente, de procreación, así como en el modo de
tratar y curar a los enfermos y de atender a las
clases débiles de la sociedad.
Ciertamente, es necesario hablar de los
criterios morales que conciernen a estos temas
con profesionales, médicos y juristas, para
comprometerlos a elaborar un juicio competente
de conciencia y, si fuera el caso, también una
valiente objeción de conciencia, pero en un
nivel más básico existe esa misma urgencia para
las familias y las comunidades parroquiales, en
el proceso de formación de la juventud y de los
adultos.
Bajo este aspecto, junto con la formación
cristiana, que tiene como finalidad el
conocimiento de la persona de Cristo, de su
palabra y de los sacramentos, en el itinerario
de fe de los niños y de los adolescentes es
necesario promover coherentemente los valores
morales relacionados con la corporeidad, la
sexualidad, el amor humano, la procreación, el
respeto a la vida en todos los momentos,
denunciando a la vez, con motivos válidos y
precisos, los comportamientos contrarios a estos
valores primarios. En este campo específico, la
labor de los sacerdotes deberá ser oportunamente
apoyada por el compromiso de educadores laicos,
incluyendo especialistas, dedicados a la tarea
de orientar las realidades eclesiales con su
ciencia iluminada por la fe.
Por eso, queridos hermanos y hermanas, pido al
Señor que os mande a vosotros, y a quienes se
dedican a la ciencia, a la medicina, al derecho
y a la política, testigos que tengan una
conciencia verdadera y recta, para defender y
promover el "esplendor de la verdad", en apoyo
del don y del misterio de la vida. Confío en
vuestra ayuda, queridos profesionales,
filósofos, teólogos, científicos y médicos. En
una sociedad a veces ruidosa y violenta, con
vuestra cualificación cultural, con la enseñanza
y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar
en muchos corazones la voz elocuente y clara de
la conciencia.
"El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su
corazón —nos enseñó el concilio Vaticano II—, en
cuya obediencia está la dignidad humana y según
la cual será juzgado" (Gaudium et spes, 16). El
Concilio dio sabias orientaciones para que "los
fieles aprendan a distinguir cuidadosamente
entre los derechos y deberes que tienen como
miembros de la Iglesia y los que les
corresponden como miembros de la sociedad
humana" y "se esfuercen por integrarlos en buena
armonía, recordando que en cualquier cuestión
temporal han de guiarse por la conciencia
cristiana, pues ninguna actividad humana, ni
siquiera en los asuntos temporales, puede
sustraerse a la soberanía de Dios" (Lumen
gentium, 36).
Por esta razón, el Concilio exhorta a los laicos
creyentes a acoger "lo que los sagrados
pastores, representantes de Cristo, decidan como
maestros y jefes en la Iglesia"; y, por otra
parte, recomienda "que los pastores reconozcan y
promuevan la dignidad y la responsabilidad de
los laicos en la Iglesia, se sirvan de buena
gana de sus prudentes consejos" y concluye que
"de este trato familiar entre los laicos y los
pastores se pueden esperar muchos bienes para la
Iglesia" (ib., 37).
Cuando está en juego el valor de la vida humana,
esta armonía entre función magisterial y
compromiso laical resulta singularmente
importante: la vida es el primero de los bienes
recibidos de Dios y es el fundamento de todos
los demás; garantizar el derecho a la vida a
todos y de manera igual para todos es un deber
de cuyo cumplimiento depende el futuro de la
humanidad. También desde este punto de vista
resalta la importancia de vuestro encuentro de
estudio.
Encomiendo sus trabajos y resultados a la
intercesión de la Virgen María, a quien la
tradición cristiana saluda como la verdadera
"Madre de todos los vivientes". Que ella os
asista y os guíe. Como prenda de este deseo, os
imparto a todos vosotros, a vuestros familiares
y colaboradores, la bendición apostólica".
Librería Editrice Vaticana
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